Blog de Juan Fernández

De todo un poco, como en botica. Apuntes medioseculares, donde, por hablar, se habla hasta del gobierno. Este blog cuenta con la bendición de los siguientes santos: San Woody, San Humphrey, San Frank McCourt, Santa Almudena, Grande de España, patrona de los canadienses, y Santa Dorothy Parker. Borrachos y borrachas de sombra negra, abstenerse.

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jueves, julio 31, 2008

Machote

La mañana no había sido fácil y entro en clase, a última hora, desacostumbradamente tenso. En vano espero a que se callen, y es en plena algarabía cuando un chico nos obsequia con un grito tarzanesco. Estallo y suelto un par de exabruptos que desconciertan a la clase, por lo inhabitual. Hoy, el ya mítico Seballos, me dice, con su proverbial asento caribeño: profe, ayer me gustó tu reassión, me demostraste que eres un mashote; es que antes, profe, mira lo que te digo, eras un poco blandito, como mariposilla; entonses me dije: ese es mi profe.

miércoles, julio 30, 2008

Inspectores

La propia palabra tiene unas resonancias inquisitoriales, aparece cargada con unas connotaciones negativas, asociada a otras temibles figuras como la de los revisores de ferrocarril o los propios inspectores de Hacienda. Tampoco ayuda mucho la vía más o menos oscura por la que se accede al cargo, con entradas sinuosas por cuestiones políticas o sindicales. Me temo que se me nota demasiado que no simpatizo mucho con esta figura (y cruzo los dedos para que en sus ratos de asueto ninguno de ellos recale por azar en este liblog). Uno de ellos, de los inspectores quiero decir, con el que tuve el infortunio de cruzarme fue el de la zona al que pertenecía el instituto en el que por entonces trabajaba. Nos había caído (no precisamente del cielo) en suerte una directora nombrada por la administración, pese a que un compañero había presentado su propio proyecto, rechazado por un defecto de forma. El caso es que, sin previo aviso, se nos presentó en el claustro la flamante directora, un ser que espero sea tan singular que carezca de parangón o copia en el futuro. En pocos meses logró convertir lo que era una balsa de aceite, con sus inevitables conflictos, eso sí, pero un lugar relativamente tranquilo, en un polvorín. De entrada, comenzó a actuar de modo harto llamativo: solía aparecer por el instituto cuando ya había acabado la jornada laboral, e invertía sus energías vespertinas en arrojarnos a los pies de los caballos de los padres. El desaguisado era de tal calibre, tan insostenible la situación, que cinco profesores decidimos pedirle audiencia al inspector de zona. El tipo era uno de esos antiguos sindicalistas de Comisiones Obreras que debía pensar que ya era hora de amortizar su lucha revolucionaria. Creo que la expresión diálogo de besugos se inventó previsoramente pensando en esa reunión. Daba la impresión de que su papel era el de portavoz de la ínclita directora. Cuando nos espetó que tal vez nuestro desencuentro con ella obedeciese a que nos había puesto a trabajar, estallé. Yo no soy tan moderado como mis compañeros, le dije, y me va a permitir que le cuente un chascarrillo. ¿Sabe usted cómo llaman a la directora?, le pregunté. Y ante su silencio estupefacto, concluí: la llaman Dios, porque se dice que existe pero nadie la ha visto. No al menos en horario laboral.

lunes, julio 28, 2008

Jefes

No me pregunten por qué tanta gente se esfuerza con denuedo por ocupar cargos directivos. En lo que a mí respecta, el único año que desempeñé esa función acabé con trastornos gastrointestinales y me temo que también psicológicos. Y eso que, para dar la razón a quienes me acusan de ser un tío raro, obligué al director que me había propuesto para ser jefe de estudios a llevarlo a votación en un claustro: debo de ser, probablemente, el único jefe de estudios elegido democráticamente. Claro que el resultado no fue para sacar pecho: el 90% de los profesores votaron en blanco, por lo que, como dije en aquella ocasión, era el señor Blanco quien debería, en justicia, haber ocupado el cargo. Durante aquel interminable curso, el caso más peliguado fue la peculiar manera que un alumno eligió para mostrar su desamor con una profesora: defecar encima de su mesa. Se me comprenderá fácilmente si digo que el asunto olía endiabladamente mal. Comencé por interrogar a los alumnos más señalados de ese curso, con resultados baldíos. Tuve que recurrir a sutiles amenazas de llevar el caso a la policía y a lo sagrado de las promesas ante un jefe de estudios, para que finalmente uno a uno acabarán señalando al autor de la fechoría. Por lo demás, ese periodo me sirvió para comprobar cómo los seres humanos tenemos un insano espíritu gregario, una tendencia funesta a las capillas y los clanes. Dado que el director, el inolvidable Evelio, tenía la sana costumbre (sana para él, claro), de delegar en mí los temas más controvertidos, unido a mi enfermiza propensión a sentirme culpable (qué buen trabajo hizo conmigo la santa madre iglesia) incluso por el Big Bang, mis intestinos decidieron empezar una guerra por su cuenta de tal calibre que, de no haber cesado en el cargo poco después, al acabar el curso, hubiera pasado a la historia como uno de los jefes de estudios más jóvenes en morir en acto de servicio (y el lector agudo me disculpará la trillada dilogía).

jueves, julio 24, 2008

Regalos

Felizmente, ya no es habitual que los alumnos le traigan regalos al profesor. Sin embargo, algunos de los que he recibido bien merece la pena destacarlos por su rareza. La clase de Leganés a la que aludí antes, para acompañar a la polémica bañera, me regaló unos calzones ilustrados con parejas de conejos fornicando en todas las posiciones imaginables. Un regalo de semejante cariz me hicieron también unos alumnos de Torrelaguna: una caja de preservativos. Imagino que sería para desmentir a la inefable directora que nos cayó en suerte, quien como muestra de su devoción hacia mi persona iba murmurando a mis espaldas que yo no me comía una rosca (sic). La suya, indudablemente, no, por una mera cuestión de supervivencia. Ajustes de cuentas al margen, para zanjar este apartado, otros dos regalos que me emocionaron fueron una camiseta de mi equipo, la Real Sociedad, con mi nombre grabado en la espalda, y una botella de Rioja del 82. Yo me había pasado el curso bromeando al respecto, diciendo que quien quisiera aprobar tendría que traerme un vino de esa cosecha, y una alumna me tomó la palabra. Debo aclarar que aprobó por méritos propios. Quienes no aprobaron fueron dos gemelos, pese a que su madre me obsequió con una caja de langostinos. Fue en vano que yo intentara hacerla desistir. Imagino que, una vez visto el resultado, le asaltaría el deseo de recuperar los langostinos. Debiera haberle explicado que nunca me gustó el marisco. Soy más de ensalada campera y tortilla de patatas. Y antes que un rioja prefiero un somontano.

viernes, julio 18, 2008

Carácter grupal

Al igual que las personas, cada grupo tiene su propio carácter, no exactamente la suma de los diferentes caracteres de los individuos que lo conforman. Descifrar cuál es el código interno de cada grupo es, se me antoja, la primera y más acuciante tarea de un profesor. Una vez resuelta esa ecuación, toca afinar el discurso y templar gaitas. De los diferentes grupos que me han tocado en suerte, unos de los más bravíos e inolvidables fue uno de Leganés, en mis primeros años. Al nacer mi hija Aitana acordaron regalarme una bañera. Nada reseñable, salvo que obligaron al dependiente de los grandes almacenes a envolverla. Fue inútil que este se resistiera. Es para un regalo, le replicaron, y los regalos tienen que ir envueltos en papel de regalo. Un silogismo irreprochable. No hace mucho, casi veinte años después, me encontré en el Madrid de la Letras con Conchi, una de las integrantes de aquel ya mítico grupo. Seguía siendo tan guapa como la recordaba.

jueves, julio 10, 2008

Silencio

Como en la música, también en la docencia es preciso saber emplear los silencios. A menudo, les decimos más a los chicos con nuestros silencios que con nuestras palabras. Es una lástima que lo pedagogos no hayn incluido la técnica del silencio en su diseño curricular base, o como quiera que llamen ahora a lo que siempre se ha llamado asignatura o materia.

martes, julio 08, 2008

Más díscolos

Si algo tengo claro es que todo es confuso, y el amable lector me disculpará lo elemental de la paradoja. Saber por qué triunfamos o fracasamos en algunas parcelas de nuestra vida, entender los motivos por los que hay personas que nos provocan rechazo o afecto a primera vista, por qué nuestra estatura moral se agiganta o disminuye en determinadas tesituras, son preguntas me temo que sin respuesta, más allá de las elucubraciones de manual. Nunca sabré a ciencia cierta por qué suelo hacer tan buenas migas con los casos perdidos y tan malas con los alumnos de currículum inmaculado, pese a que yo mismo, hasta los 16 años, fuese más de la segunda cuerda que de la primera. Las cosas ocurren a veces sin más, sorprendiéndonos, pillándonos con el paso cambiado. De no ser así, de ser todo previsible y calculable, si la genética y el medio diesen con respuestas universales, no existiría la traición, ni la puñalada trapera, ni las agradables sorpresas. Tenemos, eso sí, tendencias, prejuicios, y yo confieso sin pudor alguno que me identifico más con las periferias que con los centros, con el último de la fila que con el exuberante vencedor que alza complacido la copa. De pequeño, desde mi condición de hijo de jornalero, tomé buena nota de la vacuidad inicua de los supuestos ganadores, y aprendí que la verdadera historia es siempre la que aparece a pie de página, no en los epígrafes. Eso explica que, muchos años después, aún recuerde a Luki, David, Merce, Conchi, como recordaré al mítico Seballos, y se me hayan desdibujado, con alguna excepción como Superlópez, los rostros y los nombres de tanto chico 10.

lunes, julio 07, 2008

Díscolos

Gracias al ecuánime reparto que se hace de la población digamos más problemática a priori entre la escuela concertada y la pública, a lo largo de estos años han sido varios los alumnos provenientes de un entorno traumático, cuya actitud, obviamente se halla bastante alejada de los selectos discípulos oxonienses. Citaré algunos. Miguelón era un repetidor contumaz que me tocó en suerte en mi primer año en un instituto. Gracias al runrún setembrino, estaba al cabo de la calle de su pasado cuando entré en clase. A los cinco minutos vi cómo se levantaba y venía hacia mi mesa con semblante amenazador. Tú, me dijo, ¿puedo ir a mear? La clase aguantaba la respiración, a la espera de mi respuesta. Admito que no fue demasiado ortodoxa. Por supuesto, cuchi-cuchi. Durante unos breves instantes, vaciló. Mi respuesta no estaba en su catálogo. Me preparé para lo peor. A fin de cuentas, su última hazaña había sido intentar estrangular a una profesora. Para mi alivio, estalló en unas carcajadas compulsivas. Acabó siendo uno de mis mejores amigos. No obstante, no me atrevo a recomendar este método. Con el mismo porcentaje de probabilidad, podría haberme partido la cara tranquilamente.

domingo, julio 06, 2008

Éxito

Si aceptamos que el éxito profesional de un docente radica en el aprecio de sus alumnos, debo reconocer, en contra de mi proverbial tendencia al pesimismo, que entonces sí, he triunfado. Ahora bien, si el mismo hay que medirlo en función de parámetros objetivos, como gustan de repetir los pedagogos de la cosa nuestra, entonces no tengo la más remota idea, ignoro hasta que punto mis explicaciones sobre los lexemas, los morfemas y las metonimias calan entre mis alumnos o se secan de un año para otro. Me gusta pensar que, en el peor de los casos, les sirvo de distracción. Cuando algún joven profesor, de muy tarde en tarde, me pide alguna fórmula para la docencia, le replico que no hay ninguna. Yo mismo me considero una persona escasamente dotada para esta profesión: carezco de una voz impresionante, alcanzo cotas alarmantes de timidez ante las situaciones inéditas, organizativamente tiendo de forma natural al caos..., y sin embargo, no he salido malparado. Nunca he creído en los profesores estrella y huyo como de la peste de los carismáticos y de los triunfadores, pero si por un momento logramos olvidarnos de las tablas clasificatorias y las peleas por el reparto de la tarta de afectos, una mutua corriente de afecto entre profesores y estudiantes nunca está de más. Mientras que en otras parcelas de mi vida he sufrido algún que otro naufragio, en mi experiencia laboral son muchas más las luces que las sombras. Es harto complicado que me lleve mal con algún chico, y ya quisiera haber encontrado en algún compañero (y no digamos ya en algunos directivos) la transparencia y honestidad que suelo advertir en mis alumnos, incluso en los más díscolos. Especialmente en ellos.

sábado, julio 05, 2008

Interludio dominical


Se eu morrer muito novo, oiçam isto:
Nunca fui senão uma criança que brincava.
Fui gentio como o sol e a água,
De uma religião universal que só os homens não têm.
Fui feliz porque não pedi cousa nenhuma,
Nem procurei achar nada,
Nem achei que houvesse mais explicação
Que a palavra explicação não ter sentido nenhum.

Não desejei senão estar ao sol ou à chuva —
Ao sol quando havia sol
E à chuva quando estava chovendo (E nunca a outra cousa),
Sentir calor e frio e vento,
E não ir mais longe.

Uma vez amei, julguei que me amariam,
Mas não fui amado.
Não fui amado pela única grande razão —
Porque não tinha que ser.

Consolei-me voltando ao sol e à chuva,
E sentando-me outra vez à porta de casa.
Os campos, afinal, não são tão verdes para os que são amados
Como para os que o não são.
Sentir é estar distraído.

Fernando Pessoa