Blog de Juan Fernández

De todo un poco, como en botica. Apuntes medioseculares, donde, por hablar, se habla hasta del gobierno. Este blog cuenta con la bendición de los siguientes santos: San Woody, San Humphrey, San Frank McCourt, Santa Almudena, Grande de España, patrona de los canadienses, y Santa Dorothy Parker. Borrachos y borrachas de sombra negra, abstenerse.

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viernes, septiembre 19, 2008

Currículum escolar I

A los cinco años mi madre me llevó por primera vez a la escuela y me dejó solo ante el peligro por primera vez. Recuerdo perfectamente la escena: era una tarde gris y el viento cimbreaba los eucaliptos que rodeaban la clase. A los siete años tuve que aprender a defenderme de los cachetes y palmetazos del maestro (apodado el Lápiz, llegó al puesto por haber sifo alférez provisional en la guerra) y los guantazos del matón de turno. A los diez tuve el primer maestro interesante, el primero en llevarnos al campo para sus explicaciones, en la mejor tradición regeneracionista. A los once aprendí en primera persona lo que luego se llamaría bullying (me habría consolado saber que las patadas en el estómago que me daba un tal Milara ante el gesto complacido del resto de los compañeros tenía un nombre tan exótico) y que para mí eran solo las acciones de un hijoputa de primera (sigo pensando esto último, tantos años después, y no conservo un solo amigo de aquella época, las víctimas son poco carismáticas). A los doce tuve la suerte, con una beca de por medio, de recalar en un centro que estaba en las antípodas de la mediocridad y el horror rural en que me había criado: el Centro de Orientación de Universidades Laborales de Cheste, Valencia. Allí vi por primera vez una piscina, supe lo que eran los laboratorios de idiomas, de Química, un polideportivo, el papel higiénico, aprendí a pelar una naranja con cuchillo y tenedor, vi mi primera película, hice excursiones, supe que existían otros deportes además del fútbol y llevé pantalones largos todo el año (lo mejor que hay en mí, profesionalmente hablando, se lo debo a los profesores de Cheste y de Éibar). A los dieciséis, el patito feo que aprobaba Educación Física por caridad cristiana, se convirtió en una estrella rutilante del balonmano, me convertí en el portero titular de la selección de la Universidad Laboral de Éibar, viajé por toda Guipúzcoa y disfruté de la complicidad deportiva y afectiva de mis compañeros. A los diecisiete hice un descubrimiento sorprendente: uno podía sacar las mismas notas tanto si estudiaba como un poseso como si se dedicaba a la dolce vita, aprendí la ley del mínimo esfuerzo. Ese mismo año, el rector de la universidad dictaminó que yo era un tipo subversivo y peligroso y decidieron trasladarme a Sevilla al año siguiente. En Sevilla fui tratado a cuerpo de rey: para la élite estudiantil yo era un mártir (imagino que les defraudé profundamente, nunca tuve madera de líder) y para los curas que dirigían el cotarro, un sujeto peligrosísimo al que le dieron desde el primer instante un trato de favor y unas prebendas de las que nunca más he vuelto a disfrutar.A los dieciocho, por este orden, Perico, el gran Perico, se inmoló para que los diez exiliados, repartidos por toda la península (La Coruña, Sevilla, Tarragona, Toledo...) pudiéramos regresar del exilio, me dejé crecer el pelo, me enamoré, junto al resto de los quinientos compañeros, de la chica estrella, me acostumbré a enlazar las noches en blanco festivo y los exámenes a la mañana siguiente e hice mi primera huelga de hambre (estaba previsto que durase una semana, pero nos rendimos a las doce horas, después de una amenaza de muerte y una conversación kafkiana con el rector, que se nos declaró marxiano, y un comisario de policía bastante siniestro). A los diecinueve, ya en plena carrera universitaria (Magisterio, en Barcelona), perseveré e incluso intensifiqué mi ley del mínimo esfuerzo y fui un poco más allá en mi peculiar investigación: descubrí que sin aparecer por clase y estudiando solo cuatro horas antes del examen, se podía ir tirando razonablemente bien. Empecé a hacer acto de presencia en el recinto universitario por amor: caí rendido ante una chica con un vestido negro ajustado y una sonrisa deslumbrante (aunque aclaro que no llegué hasta el extremo fundamentalista de pisar el aula: me quedaba en la cafetería, donde hice amistad con un jugador del Barcelona y con el eficiente Joseba, el camarero).

3 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Un curriculum muy interesante. No me lo imagino como jugador de balonmano.
A mi me persiguieron para que formara parte del equipo de mi colegio. Sabían que practicaba otro deporte, pero eran incapaces de darme permiso para ausentarme durante una semana para participar en competiciones nacionales. Tenían que prepararme el trabajo por adelantado para una semana entera y según "Mis Profesores", eso era algo imposible. Pensaban que no lo podría hacer sin estar en clase.

09:37  
Anonymous Anónimo said...

Voldria jo també
caminar pel món,
amb els ulls oberts
i paraules al vent.
Escoltar mil històries,
que m'escolten les meues,
dibuixar mil somriures,
descobrir mil mirades.

11:16  
Anonymous Anónimo said...

Doncs crec que ho tens clar xiqueta. Hi ha mirades que mai es troben, ni tan sols es creuen.(Comente el comentari anterior que vaig fer jo mateix, està clar que estic com una cabra)

22:29  

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