De la gloria y otras miserias
Iba a ser, en fin, mi momento de gloria, el fin del anonimato, los cinco minutos de gloria a los que todos tenemos derecho según Warhol, lo que haría que después de diez años como cliente, el carnicero y el frutero dejasen de llamarme caballero y supieran que me llamo Juan, que las hermosas bibliotecarias del barrio le pusieran rostro al autor del artículo que colgaron, ampliado y plastificado, en el vestíbulo de la biblioteca municipal (nunca me atreví a decirles que era yo), el definitivo ingreso en la pléyade de notables del barrio. Sirva como atenuante que era ya casi medianoche, que el local estaba lleno de humo, que habíamos tomado, el periodista autor de la entrevista y yo, sendos riojas por barba, que no soy demasiado fotogénico, pero... ¡coño!, ¡es que parezco Fernando Trueba en pleno coma etílico! Totalmente abatido, les muestro la foto a familiares y compañeros y todos coinciden en el luctuoso diagnóstico: eres tú, clavado. Sirva esta pública confesión como penitencia por todos mis pecados, pasados y venideros.
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